Publicaba el pasado 6 de julio en el Periódico de España Ana Ayuso un artículo bajo el título El estrés de minorías, otra piedra en el camino de las personas LGTBI: «Les lleva a aislarse socialmente» que, en mi opinión, debe llevarnos a una reflexión colectiva como sociedad.
Decía Ana Ayuso en su artículo que “la opresión individual y sistémica genera esta afección crónica, que tiene un impacto negativo tanto física como psicológicamente». «Ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático y mayor riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares son algunas de las consecuencias”. Y sí, habla de una realidad de la que, más allá de quienes la viven o la vivimos, se oculta y se retroalimenta.
Y, es que, si no vives esa opresión, no eres conocedor de tu privilegio. Si no vives a diario esas miradas que te juzgan y reprochan no sabes lo que es sentir ese rechazo cotidiano. Si una persona no siente esa violencia es muy difícil que sea capaz de intuir cómo esos pensamientos intrusivos anticipan situaciones de discriminación que puede que no lleguen a producirse pero que quienes lo sufrimos tememos que se puedan dan.
Tan solo hay que escuchar a las personas de la comunidad LGTBI para conocer la realidad del colectivo. Porque, lo que Ana recogía en su artículo, “el estrés de las minorías”, es más común de lo que puede creerse y lo sufren o lo sufrimos, o lo hemos sufrido muchas personas LGTBI.
El “estrés de las minorías” viene a ser un concepto utilizado para describir el estrés adicional y único que experimentamos las personas que pertenecen a grupos minoritarios debido precisamente a nuestra pertenencia a esos grupos. Grupos a los que yo hoy, permitidme el adjetivo, llamaré “tensionados”, es decir, surgidos de la discriminación, el prejuicio, el estigma y la exclusión social y que, en efecto, provoca efectos negativos en nuestra salud física y mental.
No sólo nos afecta a las personas LGTBI, también a otros grupúsculos sociales de minorías étnico-raciales, personas con discapacidad, migrantes y mujeres, entre otros. Y, es que, el resultado del estigma social constante al que hacemos frente hace que generemos una discriminación percibida -anticipada, sin necesidad de que se produzca un ataque directo. Es pues, una herramienta autómatica que creamos por el temor de que más violencia hacia nuestra persona, nuestro entorno y nuestros bienes pueda darse.
Y sí, las experiencias directas de discriminación (por ejemplo, en el trabajo, en la escuela, en el acceso a servicios públicos o privados, a alquilar un piso o a meterte en según qué bares…) y los prejuicios sociales constantes contribuyen significativamente al estrés de las minorías porque sí, las personas de grupos minoritarios somos a menudo estigmatizadas y excluidas, lo que nos ocasiona en muchas ocasiones sentimientos de aislamiento, vergüenza y rechazo.
Aprovecho estas líneas para recordar que de ahí que hablemos tanto de Orgullo, de sororidad y de resiliencia en la comunidad LGTBI.
Porque, aunque pueda parecer que no existen ni la violencia ni las amenazas, la violencia física, la sexual, la verbal y las amenazas siguen existiendo y aumentan nuestros niveles de estrés. ¿O acaso conocemos a personas LGTBI que no han sufrido violencias por ser quiénes son? Es que, hasta aquellas personas LGTBI invisibles la sufren, lo que supone un esfuerzo constante para ocultar su realidad, resultando en un considerable estrés.
Y por supuesto que ese estrés afecta a nuestra capacidad para establecer y mantener relaciones saludables personales y profesionales. Por supuesto que existe cierto grado de desconfianza y de aislamiento social ante determinados contextos. No sé si os pasa a vosotras, vosotros y vosotros, pero a mi, en determinadas ocasiones y en contextos muy rutinarios, me hace estar en un estado de permanente hipervigilancia ante posibles futuras discriminaciones.
Esa opresión individual, a mi juicio, es de las más duras que tenemos que superar. Pero no nos equivoquemos, esa virulencia que llamamos individual no lo es, es sistémica y es estructural. Como sistémicos y estructurales son los comportamientos de evitación y aislamiento frente al dolor. Como sistemático y estructural es la interiorización del estigma o la autoculpa.
Una sociedad que permite que haya personas que generen este estrés es una sociedad enferma que no afronta sus privilegios entendidos como ataque a las minorías y a las diferencias hegemónicas y mayoritarias.