La resistencia al cambio en la formación de personas adultas

La resistencia al cambio es un fenómeno común que afecta a personas de todas las edades, incluyéndonos también a aquellas que participamos en programas de formación para personas adultas, una faceta de la que no suelo hablar demasiado pero sí, también soy formador – docente y dedico muchísimas horas a formación de personas adultas. 

Cuando se trata de la formación de personas adultas, creo que la resistencia al cambio se presenta de maneras variopintas y tiene un impacto más que significativo en el proceso de aprendizaje pero, en muchas ocasiones me pregunto ¿qué hay detrás de esa resistencia al cambio en la formación de personas adultas? Y he llegado a varias conclusiones.

En primer lugar, creo que las personas adultas tendemos a establecer rutinas y zonas de confort en nuestras vidas y el cambio puede amenazar estas zonas seguras, lo que nos lleva a la resistencia.

Paralelamente, creo que también la idea misma de aprender algo nuevo genera ansiedad en muchas personas, especialmente sobre el rendimiento y el miedo al fracaso.  Las creencias arraigadas y las actitudes negativas hacia el cambio tampoco ayudan porque, en mi opinión, afianzan la idea de que la disposición para adoptar nuevas formas de pensar o hacer las cosas es un síntoma de falta de liderazgo o de tener las ideas claras.

Por último, me da la sensación de que si las personas adultas no percibimos la relevancia o el valor del cambio propuesto, es probable que mostremos resistencia. Además, esas expectativas sociales y familiares a menudo influyen en la resistencia al cambio y podemos resistirnos, en muchas ocasiones, para cumplir con las expectativas de quienes nos rodean.

En mi experiencia como formador/ docente he visto cómo a las personas adultas les cuesta / nos cuesta, de manera general, reconocer y abordar la resistencia al cambio en la formación, por eso, soy un convencido de que aplicar estrategias que aborden sus preocupaciones y necesidades ayudan a superar la resistencia y abrirse a nuevas oportunidades de aprendizaje y crecimiento.

El adultocentrismo

En un mundo donde la perspectiva adulta a menudo se considera la norma, eclipsando las voces y las necesidades de la infancia, la adolescencia y la juventud, el adultocentrismo se presenta como un desafío enraizado en nuestra cultura e invisible en nuestra sociedad que se manifiesta en diversas formas, desde decisiones políticas hasta interacciones cotidianas, donde las voces jóvenes son ignoradas o desestimadas. 

Trabajar con personas adultas (mayores de 18 años), muchas de ellas jóvenes (de 16 a a 35 años), me ha hecho constatar de nuevo que a la juventud se la intenta desempoderar constantemente, limitándoles con ello sus oportunidades y su autonomía, cuando su participación, como la de todo el resto de la sociedad, es fundamental.  

Quizás me equivoque, pero cuanto más trabajo en el sector privado y en el tercer sector que acompaña al privado, más convencido estoy del éxito de los programas de mentoría y formación siempre y cuando se desarrollan desde el paradigma del no edadismo y sí desde el de la cooperación. ¿Tú qué opinas?