Espacio, tiempo y diversidad LGTBI: publicitar lo privado y privatizar lo público

Hoy me remonto a 2008, Año, declarado por FELGTBI+ (FELGTB por entonces) de «la Visibilidad Lésbica» cuando la Federación Estatal LGTBI+ impulsó un instrumento que a mi juicio ha sido de los más interesantes y productivos de la lucha activista por los derechos de las personas LGTBI de la etapa contemporánea española y que, durante poco más de una década (2008 – 2022), ha servido para poner el foco en una política concreta dentro de los objetivos del movimiento organizado LGTBI en España: los años temáticos

A lo largo de estos 15 años, los años temáticos de 2008 a 2019 se mostraron como herramientas muy útiles, no sólo a nivel estatal, sino también a nivel internacional, pues muchas organizaciones de fuera de España – también de dentro – estaban pendientes del anuncio del año temático para adherirse de alguna manera a las distintas acciones y así trabajar relativamente coordinadas y al unísono. 

La llegada de la pandemia y el giro en nuevos objetivos de la organización declarante de los años temáticos han hecho que desde 2020 ya ni se hable, ni se piense en en estas herramientas, en parte también, por falta de liderazgo en la coordinación de los años temáticos, pues requiere de un trabajo inmenso y una dedicación casi exclusiva desde el voluntariado. Lo digo con conocimiento de causa porque fui el Coordinador del 2019 Mayores sin armarios: ¡Historia, Lucha y Memoria! y también participé de forma activa en la comisión del año anterior. Y esto lo digo también sabiendo que hace tan apenas unos días que la propia Federación Estatal LGTBI+ presentó con una fotografía / publicación en Instagram el que será su año temático: “La igualdad en las familias LGTBI+”, centrado, como su nombre indica, en las familias LGTBI.

Yo, como ya expuse en tres reflexiones diferentes y complementarias el pasado diciembre (1/3: personas2/3: espacios y 3/3: ámbitos), considero las familias LGTBI como un ámbito de trabajo muy importante pero no las considero como uno de los focos de atención de las políticas públicas LGTBI para 2023

Y, es que, los años temáticos servían, muy en parte, para visibilizar, sensibilizar y proponer medidas de mejora durante todo el año, pero especialmente durante las diferentes manifestaciones del Orgullo LGTB, en tanto que gran mecanismo para la vindicación, la reivindicación, la visibilización y la conmemoración de las identidades disidentes y nuestras familias, partiendo de la reapropiación y resignificación del espacio, pero no sólo en los contextos de los diferentes orgullos sino también a lo largo de todo el año y de manera transversal en todas sus acciones: concentraciones, manifestaciones, cursos, seminarios, conferencias, talleres, mesas informativas, ciclos de cine, literatura, debates y demás eventos.  

Debemos tener muy presente que la progresiva ocupación del espacio por parte de las personas LGTBI ha ido pareja con la progresiva consecución de derechos civiles, en consecuencia, los diferentes orgullos enmarcados en años temáticos generaban actos reivindicativos como un campo excepcional para expresar la diversidad sexual y la estrategia mediante la cual identidades y causas concretas se presentaban y representan en un acto mediado por cuerpos.

Dicho de otra manera, si las manifestaciones del orgullo son espacios que permiten publicitar lo privado mientras se reapropia el espacio público, el formar parte protagonista del año temático (en 2008 las lesbianas; en 2010 y 2018 las personas trans; en 2011 las personas LGTBI con VIH; en 2013 las personas jóvenes LGTBI; en 2016 las bisexuales; en 2019 las personas mayores LGTBI, etc) su empoderamiento es mucho mayor, poniendo sus voces, sus cuerpos, sus vivencias y testimonios en primera persona. 

Cuando esto no ha sido así, en parte, ha sido porque han existido factores de segregación en el uso del espacio, también en las acciones activistas. 

La ordenación social del territorio como reto para lograr una mayor igualdad y diversidad

La ordenación social del territorio yo en mi mente la imagino como el conjunto de acciones sociales transversales que los gobiernos deben implementar para su uso por la ciudadanía en igualdad de oportunidades en un territorio concreto.

En este punto, podríamos hablar de que no existe tal ordenación social de manera estricta, pues nos encontramos constantemente con la inseguridad de las mujeres (a lo que da respuesta el urbanismo feminista), también con la arquitectura hostil y las personas en situación de sinhogarismo, con el sexilio de las personas LGTBI en el ámbito rural, con la inaccesibilidad y las barreras arquitectónicas que sufren muchas personas con discapacidad, etc. 

Lo que en todos estos ejemplos arriba nombrados aparece como elemento común es que desde los poderes públicos se aborda la seguridad y la inseguridad de las personas únicamente desde un punto de vista penal o criminológico, sin pensar en las violencias, en general, y en todas aquellas que situaciones que provocan una percepción de inseguridad o miedo. Y todo esto, aunque ya advirtiera en 2016 ONU-Habitat a través de su programa de Ciudades Seguras que se debía reflexionar sobre el modelo de ciudades que se estaban creando. 

En mi opinión, las políticas públicas orientadas a reducir la violencia desde un punto de vista urbanístico (y, por lo tanto, el miedo) se han centrado fundamentalmente en el espacio público y el entorno físico, desviando su mirada de la vida cotidiana en los espacios privados, con la excepción – quizás – de las violencias machistas, especialmente la de género. Y, es que esta focalización sobre la esfera pública ha contribuido al mito de que el espacio privado del hogar es seguro, algo que ha señalado como irreal el movimiento LGTBI organizado desde hace ya muchos años y también el feminista, denunciando la violencia de género. No olvidemos que el espacio público y el privado se entiende de manera diferente por cada persona, pues “los espacios privados pueden ser liberadores para algunas personas, y aterradores y peligrosos para otras”, como dijo Carolyn Whitzman en “Stuck at the front door: gender, fear of crime and the challenge of creating safer space”.

En definitiva, me encantaría poder seguir formándome sobre cómo el espacio y el tiempo influyen en las personas LGTBI ya que no sé si se deben redefinir los límites que separan la esfera pública y la privada. Lo que sí tengo claro es que para incluir la perspectiva de género y de diversidad LGTBI en los modelos de ciudad la planificación urbana debe empezar reconociendo la diversidad de espacios donde puede darse violencia: público, privado, semi-privado y comunitario. Y aquí también me pregunto si no deberíamos diferenciar entre el espacio interior, el exterior y el público porque, quizás, redefinirlos podría darnos herramientas para establecer criterios más claros para su identificación, pero no lo tengo claro. Me anoto estudiar y reflexionar sobre este tema para posteriores entradas. 

¡Cuenta conmigo para construir algo fantástico! y reflexionemos y formémonos en diversidad LGTBI.