Para finalizar mi reflexión sobre los retos de las políticas LGTBI en 2023, y una vez he hablado de los que a mi juicio son los retos con las personas y con los espacios, termino hablando de los retos con respecto a los ámbitos de actuación.
Como ya he ido reflexionando, no quiero desmerecer ninguna causa y priorizo entre lo que yo considero urgente e importante frente a lo que, a mi juicio, no lo es tanto. En relación a los ámbitos, son cuatro los que identifico como prioritarios: los incidentes de odio y las violencias, la protección internacional, la salud mental y la educación.
Foco 3: Los ámbitos
Los incidentes de odio y las violencias
Definir el concepto de «violencia» es complicado porque hablamos de un acontecimiento pero también de un conjunto de circunstancias. Creo, incluso, que se puede divergir al sufrir los efectos de la violencia ya que podemos sobrellevarla, tolerarla e incluso vivir con ella. Es necesario señalar, en mi opinión, que la violencia se siente, porque es un fenómeno o una vivencia que se percibe y se experimenta de manera subjetiva y que, junto a lo visible y manifiesto de la violencia, operan una dimensión sociocultural y otra estructural que no son tan obvias, pero deben ser consideradas.
Si bien es cierto que la violencia forma parte de la naturaleza, en este contexto sociológico del que hablamos la asociaciamos al uso de la fuerza, del poder, la libertad, la voluntad, la identidad, las necesidades, la justicia, la belleza, el placer, el mal, la muerte, el dolor… Es más, el autor Mark Vorobej, destacaba que «el concepto de violencia guarda algún tipo de relación profunda e íntima con las nociones de daño, destrucción y sufrimiento humano».
En el año 2002 la Organización Mundial de la Salud (OMS) publicó su Informe mundial sobre la violencia y la salud. En la versión española de 2003, se define la violencia como «el uso intencional de la fuerza o el poder físico, de hecho o como amenaza, contra uno mismo, otra persona o un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo o privaciones». El mismo informe propone un listado de recomendaciones para resolver el problema de la violencia que cuenta con el soporte de datos, de conocimiento científico y lógica analítica pero pese a su pertinencia y sensatez, no ha servido para cumplir los buenos propósitos de las conclusiones del informe.
Si aterrizamos un poco más en cuestiones LGTBI, llegaremos al punto central en el que solemos hablar de las violencias que sufrimos las personas LGTBI: la LGTBIfobia y los incidentes de odio.
Según las instituciones europeas, «un incidente de odio es aquel que es percibido por la víctima o por cualquier otra persona como racista, xenófobo o de otra forma de intolerancia, aunque no sea delito. Cualquier persona puede ser víctima de un incidente o de un delito de odio, con independencia de que pertenezca realmente al grupo al que va dirigida la hostilidad o prejuicio». El delito de odio, en cambio, «es toda infracción penal, incluidas aquellas contra las personas y la propiedad, donde la víctima, el lugar o el objeto de la infracción son seleccionados por su conexión, relación, afiliación, apoyo o pertenencia real o supuesta a un grupo basado en la raza, origen nacional o étnico, idioma, color religión, edad, minusvalía física o mental, orientación sexual u otros factores».
El Discurso de Odio (Hate Speech), abarca todas las formas de expresión que propagan, incitan, promueven o justifican el odio racial, la xenofobia, el antisemitismo y otras formas de odio basadas en la intolerancia.
A mi me gusta hablar de «violencias», en plural, porque incluyo en ellas también todas las cuestiones relativas a la discriminación, entendiendo ésta como el trato menos favorable que el dispensado a las demás personas que se encuentran en una situación comparable sólo porque forman parte, o se considera que pertenecen, a un determinado grupo o categoría de personas.
Los delitos de odio constituyen un fenómeno complejo, en crecimiento constante en España desde 2014. El último Informe sobre la Evolución de los Delitos de Odio en España revela un aumento muy llamativo en los ataques relacionados con la orientación sexual, que han subido un 67,63%, según datos de 2021. El trabajo compara los casos con los de 2019, porque los datos de 2020 no son representativos por la incidencia de la pandemia.
De las 1.724 denuncias relacionadas con delitos de odio tan solo registradas por las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad de Estado en 2021, casi un 6% más que en 2019, sobresalen las que tienen una motivación racista o xenófoba (639), seguidas de las relacionadas con la orientación sexual o identidad de género (466) y las que tuvieron que ver con la ideología de la víctima (323).
La protección internacional
Como comenté en mi reflexión anterior, España no forma del top ten de países europeos que según ILGA Europe trabajan adecuadamente la diversidad sexual, de género y familiar, si bien España sigue siendo uno de los países más protectores de las personas LGTBI de Europa y el mundo.
En muchas partes del mundo, como bien dijo ACNUR en 2014, las personas experimentan violencia y persecución debido a su orientación sexual o su identidad de género. Las personas que huyen de sus países de origen por esta causa deberían, por lo tanto, siempre tener acceso a mecanismos de protección ya que pueden calificar para recibir la protección internacional como refugiadas o ser consideradas como beneficiarias de otras formas de protección complementaria en los países de asilo.
Está ampliamente documentado que en todas las regiones del mundo las personas LGBTI somos blanco de homicidios, violencia sexual y de género, agresiones físicas, maltrato y tortura, detenciones arbitrarias, acusaciones de conducta inmoral, “desviada” o “antinatural”, y de limitación, restricción o exclusión en goce de los derechos de reunión, de expresión y de información, entre otros. Igualmente, estamos discriminadas en el acceso a derechos sociales como el derecho al empleo, al más alto nivel posible de salud y a la educación.
La discriminación que sufrimos las personas LGBTI está profundamente enraizada en, y alimentada por prejuicios, estereotipos sociales y culturales y por información distorsionada o imprecisa, aunado a la existencia de doctrinas de la sociología, la medicina, el derecho y la política que han originado o justificado dicha discriminación.
En muchos casos la violencia y los actos discriminatorios son tan graves que terminan forzando el desplazamiento de las personas LGTBI a otros países como única opción para proteger sus derechos, en particular el derecho a formular y seguir su proyecto de vida de acuerdo a su identidad y orientación sin miedo. Desafortunadamente, las personas LGBTI no siempre logran conseguir protección internacional bajo la figura del asilo u otras formas de protección internacional. Muchas veces los sistemas de asilo no garantizan la capacitación ni la imparcialidad del funcionariado quienes operan bajo prejuicios de género, ni son sensibles a las particularidades y necesidades de la población LGBTI.
El creciente número de solicitudes de asilo basadas en la persecución por orientación sexual o identidad de género en los distintos países debería generar un mayor debate sobre las múltiples vulnerabilidades que enfrentan las personas LGBTI solicitantes de asilo y refugiadas, encaminado a la definición de medidas concretas para garantizar el reconocimiento, la protección y la exigibilidad de los derechos de estas personas.
Para mí, éste es uno de los focos del trabajo en políticas LGTBI para 2023 en lo que respecta a ámbitos de trabajo.
La salud mental
Según un estudio de la Universitat de Jaume I realizado a estudiantes universitarios españoles antes del confinamiento se alerta de que las minorías sexuales muestran una mayor prevalencia de problemas psicológicos (10,3%) que la población no LGTBI (3,5%). Ansiedad, depresión, ideación suicida o trastornos alimentarios son algunos de los problemas que tenemos que enfrentar. Y, es que, las presiones hacia la cisheteronormatividad y las diversas formas de violencia que sufrimos la población LGBTI nos vienen a convertir en un subgrupo de riesgo para problemas de estrés, como son los trastornos emocionales y los problemas de salud mental.
Xacobe Fernández, psicólogo clínico del Hospital Universitario de A Coruña, asegura que las personas del colectivo LGTBI «viven todos los días en peligro». «Por ejemplo, el asesinato de Samuel visibiliza claramente algo con lo que el colectivo vive a diario: miedo a que les agredan y maten por no ser personas normativas».
La asociación Just Likes Us alertaba también este verano de que las personas jóvenes LGTBI tienen tres veces más probabilidad de sufrir un desorden alimentario respecto a sus semejantes cisheterosexuales. Alrededor del 24% de las chicas cis, bisexuales y lesbianas, sufrieron o sufren esta problemática, frente al 18% de los chicos cis, bisexuales y gais. Además de un 22% de personas trans.
Enfrentarnos al miedo al rechazo tanto por la familia como por el entorno social es habitual y suele utilizarse la opción del ocultamiento de la orientación sexual y la identidad de género por miedo a correr peligro, lo que puede derivar en tristeza, impotencia, frustración, depresión y ansiedad.
Además, en etapas tempranas, sufrir bullying genera heridas emocionales como el rechazo, el abandono y la humillación y está estudiado que las personas jóvenes LGTBI tienen un riesgo mayor de suicidio y de conductas autolíticas que la población no LGTBI (40% según la Fundación Española para la Prevención del Suicidio).
La salud mental, según la OMS, se define como «un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera y es capaz de hacer una contribución a su comunidad».
Sabemos también que la LGTBIfobia interiorizada existe y es cruenta. Las creencias, actitudes y conductas LGTBIfóbicas son interiorizadas y reproducidas, en mayor o menor medida, por parte de personas del propio colectivo hacia sí mismas y hacia las demás, pudiendo provocar sentimientos de vergüenza, culpa y rechazo, baja autoestima y autoaceptación, ansiedad, irritabilidad,falta de asertividad, conductas desadaptativas o autodestructivas…Y por si esto fuera poco, los hombres gais, bisexuales y otros hombres que tienen relaciones sexuales con hombres (HGBHSH) presentamos mayor prevalencia de trastornos mentales, uso de sustancias, trastornos por consumo de sustancias y de infección por VIH y otras ITS, en comparación con población general.
La educación
La educación va mucho más allá del aprendizaje de materias académicas. Educar también implica formar a personas responsables y cívicas, que sean respetuosas, compasivas y solidarias con el mundo que les rodea. A este respecto, cobra especial importancia educar en valores.
Una de las finalidades de la educación es crear una sociedad más solidaria, justa e igualitaria, que vele por la seguridad, la salud y el cuidado de los seres vivos, incluido el medio ambiente. Educamos en valores para construir personas responsables, respetuosas, empáticas, críticas, justas y honestas. En este sentido, desde la educación deberíamos potenciar el crecimiento y la evolución de todas las personas en un plano ético y moral, más allá de otros tipos de aprendizajes curriculares.
Sería aconsejable también, desde mi punto de vista, ofrecer más herramientas sobre la gestión emocional para, entre otras cuestiones, evitar los problemas afectivos porque no podemos olvidarnos que a través de la educación también promovemos la autonomía y la independencia de cada persona y la gestión emocional aquí cobra una especial importancia.
Está claro que no podemos dejar la educación en manos únicamente de los centros educativos. Es una tarea compleja en la que el trabajo conjunto debe corresponder a las personas profesionales de la educación, sí, pero también a las familias y a la sociedad en su conjunto. El actual es un mundo complejo y cambiante, en el que la incertidumbre es la tónica y, en este contexto, educar en valores se convierte en una herramienta imprescindible para construir un futuro más justo e igualitario.
En este punto, cobra especial importancia la educación en diversidad porque fomenta el entendimiento y la solidaridad, deja de lado las diferentes formas de discriminación y permite identificar y responder a las necesidades de todas las personas a través de una mayor y mejor participación en el aprendizaje.
Promover la atención a la diversidad es un objetivo que se debería tener en cuenta en toda la sociedad, como ya dije anteriormente, pero en realidad es bastante complicado lograr este objetivo día a día sin el esfuerzo de toda la sociedad en su conjunto.
Sin querer abandonar la utopía, debemos partir de la base de que la gestión de la diversidad tiene muchos desafíos y genera muchas preocupaciones y por lo tanto deberíamos poder trabajarla de muchas formas y desde muchos espacios para poder abordarla correctamente pero es cierto que si la atención a la diversidad comienza en los centros educativos, el alumnado más pequeño se acostumbra a que la atención a la diversidad sea una forma adecuada de poder relacionarse con todas las personas sin importar su condición.
En este sentido, una educación con perspectiva LGTBI tiene un papel clave en la mejora del respeto y la igualdad hacia las personas LGTBI, sus familiares y su entorno, lo que se traduce en una mejora de la salud pública y de la propia democracia.
Si en un plano internacionalista respetar y garantizar los derechos de las personas LGBTI a la libertad de expresión, asociación y reunión pacífica es crucial para poner fin a la discriminación a la que nos enfrentamos, así como para dar respuesta a las gravísimas violaciones de derechos humanos de las que somos víctimas, en democracias consolidadas como la nuestra, la educación en diversidad se convierte en una indispensable herramienta de prevención de la LGTBI que consolida las libertades públicas.
Conclusiones
2023, en mi opinión, debería ser el año en el que trabajáramos con las personas mayores LGTBI y con la adolescencia y juventud LGTBI, también con las mujeres LTB y con las personas trans; debería ser el año en el que nuestros focos fueran los centros de trabajo, los centros educativos y las administraciones públicas; y debería ser también el año en el que la protección internacional, la educación, la salud mental y los incidentes de odio y las violencias fueran nuestros objetivos en los ámbitos de actuación. Yo seguiré trabajando por construir un mundo mejor y más justo, por eso, también ofrezco mis servicios en políticas LGTBI.
¡Cuenta conmigo para construir algo fantástico! Los retos son muchos y muy complejos, por lo que se hace necesario el trabajo colaborativo con fórmulas disruptivas que eviten las desigualdades.