Esta es mi reflexión de hoy porque hoy comienzo unos estudios que me apetecía hacer desde hace muchos años y que vienen a cumplimentar mi Curriculum Vitae pero también rompe en parte con todo lo que he hecho hasta la fecha. Estoy en uno de esos momentos en la vida en los que decides parar, respirar, reflexionar y encarrilar de nuevo una vida que se te había comido por completo y vivías por inercia, con muchos éxitos y también con fracasos.
Todas las personas, de manera general, huimos del fracaso porque fallar no es algo que entendemos como positivo e implica no haber logrado lo que queríamos. Fracasamos en muchos aspectos de nuestras vidas porque cuanto mayores son nuestras expectativas, mayores son nuestras frustraciones cuando no logramos nuestros objetivos.
Erramos en muchas ocasiones y fallamos sobre todo si pensamos que hemos malgastado nuestro tiempo en algo que no hemos logrado, arrepintiéndonos de haber empezado siquiera a intentarlo. A mí, si algo me ha enseñado el activismo LGTBI es que siempre se puede hacer algo porque la inacción es el peor de los fracasos. No hacer nada, no intentarlo y fallar sí es a mi juicio un fracaso, en cualquier aspecto de mi vida, también en lo laboral.
Y, es que, los errores que cometemos tienen el significado que queramos darles, pues si los consideramos como aprendizajes, tendrán un sentido diferente a si los consideramos como fracasos. Henry Ford decía que el fracaso “es sólo una oportunidad para empezar de nuevo de forma más inteligente”. Levantarse una y otra vez, una y otra vez, es lo que el activismo LGTBI te enseña a diario. Poque si algo tiene el movimiento por la disidencia sexo-genérica organizada es que, al juntarte con iguales formadas, aprendes a generar una gran capacidad para recuperarte, a mantener conductas adaptativas a los entornos convulsos en los que vivimos y a crear habilidades de recuperación en contextos de gran adversidad, como suelen ser para muchas personas LGTBI el educativo, el laboral y el familiar.
Y con esas herramientas personales adquiridas, se puede trasladar la resiliencia a cualquier faceta de la vida porque se adquiere la capacidad de despojarse de la vergüenza y aceptar que ese “fracaso” es una fase más de nuestra vida. También aprendemos a no hiperresposabilizarnos de factores externos y de otras personas, porque una cosa es tener miedo y otra cosa es vivir acobardada.
Tirar la toalla es muy tentador, especialmente cuando los fracasos se repiten. Pero es precisamente la concatenación de intentos fallidos lo que puede conducirnos al éxito. Yo soy muy partidario de seguir intentándolo, si bien es cierto, no siempre tenemos el mismo entusiasmo.
Atiquifobia, política de cuidados y movimiento LGTBI
El miedo a fracasar puede paralizarnos y podemos dejar de iniciar proyectos por temor al fracaso y a las equivocaciones y, cuando no somos capaces de afrontar esto, estamos absolutamente limitadas y limitados en un plano profesional (contratado o voluntario), por mucho que nos ilusione un proyecto. Y, es que, no querer tener un desacierto es algo común, pero sufrirlo de manera excesiva puede llegar a ser patológico y convertir el miedo a fracasar en la no existencia de oportunidades.
La personalidad laboral se forma en gran medida por medio de las experiencias de la vida personal y profesional, por ello, si aprendemos a funcionar desde las exigencias de otras personas podemos llegar a acostumbrarnos a la sensación de miedo, un temor a no cumplir con las expectativas de las demás personas. Y esto también sucede, y mucho, en el movimiento LGTBI organizado. ¿A cuántas personas del mundo del activismo por la diversidad sexo-genérica conocemos con estrés, ansiedad, depresión o insatisfacción con la vida?, ¿a cuántas no conocemos que después de brillantes “carreras activistas” han decidido aislarse?, ¿cuántas de ellas no eran autoexigentes?
Es cierto que es la propia persona la que debe dejar de lado el miedo al fracaso, entre otros aspectos, cambiando la percepción que se tiene con respecto a los desaciertos, reestructurando su sistema de creencias para que sea más adaptativo y entendiendo el fracaso como parte natural de un proceso, pero no es menos cierto que las políticas de cuidado por parte del entorno social en el movimiento LGTBI organizado debe comenzar a ser una realidad. O, por lo menos, en muchas asociaciones, fundaciones, federaciones, plataformas, etc. A mi jucio, se debe dejar de nombrar tanto el concepto “política de cuidado” para comenzar a practicarse.
Los cuidados son la clave de bóveda que sostienen a las organizaciones LGTBI, mayoritariamente compuestas por activistas y voluntariado. Su importancia, sin embargo, parece que nunca ha ido acompañada del grado de reconocimiento que merecen, sino que en su lugar (y en no pocas ocasiones) han estado precarizadas, poco atendidas y las desvinculaciones de la organización por parte de grandes activistas y voluntarias pocas veces son buenas.
Los encontronazos entre activistas son y deben ser siempre una constante para avanzar en la causa, eso sí, siempre que sean lo que deben ser: confrontaciones de ideas, estrategias y objetivos. Es decir, disputas dialécticas en un marco democrático. Pero en muchas ocasiones, como sucede en otros espacios, esto no es así, llegando a atacar personalmente (de muy diferentes formas) al contrincante dialéctico y rompiendo los cuidados en las formas de relacionarnos.
Como profesional de las políticas LGTBI ¡Cuenta conmigo para construir algo fantástico! y trabajemos conjuntamente para conseguir espacios donde las políticas de cuidado sean una realidad.