Es ya, en el presente, cuando las empresas deben apostar por la innovación social: “No importa estudiar, sino haber estudiado” 

Esta semana reflexiono sobre la importancia de la innovación social por parte del sector privado porque cada segundo que pasa soy un mayor convencido de que aquellas empresas que entienden la innovación social como una tendencia pasajera yerran de manera absoluta.

Es más, pienso que aquéllas que no hacen de la innovación social una necesidad imperativa que las haga prosperar no serán capaces ni de enfrentarse a desafíos globales ni de aprovechar oportunidades emergentes. Pienso que, en términos económicos, estas empresas no crearán valor ni para sí ni para sus stakeholders. 

No sé si fue Ciceron, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez o ninguno de los tres quien dijo aquello de que «no importa estudiar, sino haber estudiado»  y que refleja una idea profunda sobre la educación y el conocimiento que yo extrapolo al mundo de la empresa en tanto que creo que lo importante no es sólo el proceso de estudiar, sino el resultado y el conocimiento adquirido a lo largo del tiempo: 

No es tanto el proceso de innovar socialmente sino el resultado y el conocimiento adquirido a lo largo del tiempo.

Sí, para mí, lo relevante no es el acto en sí mismo, sino la transformación y el crecimiento que se ha logrado a lo largo del tiempo. 

Y, es que, innovar socialmente es implementar nuevas estrategias, conceptos e ideas que apuntan a satisfacer necesidades sociales desde una perspectiva más eficiente y sostenible que las alternativas tradicionales. Actuando de esta manera generamos no sólo más valor social, sino también creamos beneficios socio-económicos y culturales que – al abrirnos a nuevos mercados – también mejoran la eficiencia de las organizaciones.

De verdad pienso que para las empresas, cuando abren esta nueva ventana, se implican y comprometen profundamente con prácticas que beneficien a las comunidades en las que operan y suman en prácticas de sostenibilidad medioambiental además de que logran mejorar en su propio desempeño financiero.

Históricamente, las empresas se han centrado principalmente en la maximización de sus beneficios económicos, sin embargo, y en paralelo, las empresas están reconociendo la existencia de problemas sociales y ambientales estructurales muy violentos que las está llevando a una reevaluación de su propio papel en la sociedad. Hoy en día, la sociedad (y el resto de las empresas) esperan del sector privado no sólo que sean rentables sino que también sean responsables y contribuyan positivamente a la sociedad.

Este cambio no se ha producido ahora, lleva años cuajándose. Y se ha producido porque muchas empresas han reflexionado (después de sufrir una sucesión y superposición de crisis financieras, ambientales y sociales en un mundo absolutamente globalizado e interconectado) y han llegado a la conclusión de que la proposperidad económica, la justicia social y la sostenibilidad medioambiental son cuestiones en las que las empresas deben involucrarse.

Así que sí, sigo convencido de que la RSC es uno de los primeros pasos hacia la innovación social. No es el único paso, pero sí el primero que hará que se mejore el bienestar de plantillas, comunidades y el propio planeta. Ahora bien, no es el único paso porque la RSC tradicional se ha demostrado superficial y está más enfocada en la reputación que en el impacto real. En este sentido, yo apuesto porque la RSC de las empresas siga un poquito más el espíritu de Porter y Kramer y añadan valor compartido a su quehacer, es decir, generen valor económico al mismo tiempo que generan valor para la sociedad identificando problemas sociales que afectan a la cadena de valor de la empresa y desarrollando soluciones que beneficien tanto a la empresa como a la sociedad. 

En mi reflexión semanal no quería centrarme tanto en el papel de las empresas sociales, cuyo objetivo principal es tener un impacto social positivo reinvirtiendo sus ganancias en sus objetivos sociales en lugar de distribuirlas, sino en las inversiones de impacto que pueden realizar el resto de las empresas. 

Quiero finalizar esta semana mi reflexión concluyendo que si una empresa no ha comenzado aún a innovar socialmente, en mi opinión, llega tarde, pero puede llegar. Y lo puede hacer porque competitividad e innovación van de la mano. Y esto, en mi opinión, lo que provoca es que cuando las empresas abordan problemas sociales y medioambientales se ven abocadas a desarrollar nuevas tecnologías, productos y procesos que mejoran su competitividad y este enfoque proactivo y creativo las hace diferenciarse en el mercado y proporcionarles una ventaja competitiva clarísima.