¡Hola, red! Esta semana reflexiono sobre la pasión que yo siempre he tenido sobre el trabajo y que, en mi caso, ha sido siempre un elemento esencial en mi carrera, que, con sus altibajos, siempre he considerado satisfactoria y exitosa, en términos generales.
Lo que yo he ido aprendiendo a lo largo de los años, porque no lo sabía, es que es crucial no perder de vista la importancia del equilibrio. O dicho de otra manera, la pasión por el trabajo no debe convertirse en una obsesión que consuma todo mi tiempo y energía, como me ha sucedido en muchas ocasiones pasadas. Por eso, con la madurez que te dan los años, encontrar un equilibrio entre tu vida laboral y personal te da salud y puedes mantener viva tu pasión sin sacrificar tu bienestar.
Esto, que para muchas personas es bastante obvio, a mi me ha costado años aprenderlo y creo que en parte ha sido porque Marx, con 16 o 17 años, me marcó la vida. Y, es que, leyendo sus obras, interpreté que en el mundo en el que yo quería vivir el trabajo no debía ser una fuente de alienación, sino una expresión de creatividad y humanidad, por lo que mis trabajos pasados terminaron siendo metas personales. Y, como metas personales, formaban parte de mi propia vida y no me absorbían en absoluto.
Sí, el tiempo para mí mismo era tiempo de trabajo. Trabajo y vida eran lo mismo y (creía que) era feliz así.
Hoy comparto contigo que, con el tiempo, he ido aprendiendo que aunque la pasión por el trabajo es ese combustible invisible que transforma nuestras tareas diarias en aventuras, debemos circunscribirlas al contexto, es decir, a un modelo social que está obsesionado con el éxito que te induce a confundir pasión con adicción al trabajo.
Hablo de pasión laboral no para referirme a una receta mágica que encontramos en los libros de ¿autoayuda? sino más bien para referirme a ese ingrediente que se cultiva con el tiempo y se logra después de experimentar con diferentes roles, proyectos y ambientes laborales.
Y vuelvo Karl Marx, porque, en sus escritos sobre el trabajo, enfatizó la importancia del proceso de producción y cómo éste puede alienar o empoderar a las personas trabajadoras. Según él, el trabajo tiene (o tenía) el potencial de ser una actividad profundamente humana y creativa, pero en una sociedad capitalista, a menudo se convertía en una fuente de alienación, por lo que para encontrar verdadera pasión en el trabajo se hace crucial que el trabajo permita la autenticidad que diríamos ahora, de la persona trabajadora, algo que va más allá de las meras demandas del mercado.
Y, como decía al principio de mi reflexión, aquí es donde creo que las cosas se complican. Y, es que, en mi caso, y en muchas ocasiones, la pasión por el trabajo la confundía con la adicción al trabajo. Con el tiempo ya sé que es pasión la que me llena de energía, me inspira y me motiva a dar lo mejor de mi sin abandonar otros aspectos importantes de mi vida, mientras que es adicción la que acaba por consumir mi tiempo y energía, llevándome al agotamiento y descuidando mi propio bienestar.
Si Marx consiguió describir cómo el capitalismo tiende a transformar el trabajo en una actividad explotadora y alienante, donde las personas trabajadoras nos convertimos en un engranaje más en la máquina de producción, la adicción al trabajo la veo ahora como una manifestación moderna de esta alienación, donde las personas nos encontramos atrapadas en una espiral de producción continua en la que perdemos de vista nuestra propia humanidad pero también nuestras necesidades personales.
¿Podemos encontrar ese equilibrio perfecto entre trabajar con pasión y vivir plenamente?
Yo creo que sí es posible siempre y cuando, y hablo únicamente en lo que a mi respecta, mi trabajo sea verdaderamente liberador y me permita desarrollarme plenamente como ser humano, lo que incluye tener tiempo y espacio para actividades fuera del trabajo, que alimenten mi cuerpo y también mi mente. En este sentido, he aprendido (y sigo haciéndolo, aunque me sigue costando) a establecer límites, priorizar el autocuidado, aprender a decir «no» y cultivar nuevos intereses fuera lejos de la alienación capitalista.
Además, la psicología positiva ha demostrado que la pasión no solo mejora nuestro rendimiento laboral, sino también nuestro bienestar general. En mi caso, cuando trabajo en algo que me apasiona (nunca he trabajado en algo que no me gusta, la verdad sea dicha), mi cerebro libera dopamina y no sólo me hace sentir bien, sino que también mejora mis capacidades. Y, es cierto, nunca he trabajado en algo que no me gusta porque entiendo que el trabajo tiene el potencial de ser una actividad gratificante si se realiza en las condiciones adecuadas (si no es así, tiende a ser explotador y alienante) por lo que poder ser una buena versión de mi mismo en el trabajo me ha permitido ser mejor persona y, en mi trabajo, ser más productivo.
De nuevo, la importancia o la obsesión que tengo yo por los contextos.