Sí, sí existe una fórmula exacta para garantizar el éxito en una entrevista de trabajo: se trata de una fórmula mágica. Es tan mágica que sólo vale para mi, pero voy a contar un poco de qué se trata por si a ti te vale algo de lo cuento, aunque sea para no hacerme ni caso.
Si yo llego a una entrevista de trabajo es porque cuento con un Curriculum Vite más o menos bien elaborado pero que, sobre todo, se ajusta bastante a la oferta de trabajo a la que opto, en el caso de que lo haya enviado porque había un proceso de selección abierto, que es a lo que hoy me voy a ceñir.
La fórmula mágica, mi «ciencia exacta», para impresionar a quienes pueden llegar a emplearme es leer muchas opiniones diferentes antes de la entrevista sobre cómo hacer una buena entrevista de trabajo para, cuando me toque hacerla a mi, no hacer demasiado caso a ninguna de esas recomendaciones.
«Acude correctamente vestida/o», «no contradigas o corrijas», «no preguntes por el salario», «responde a todo de manera asertiva», «vende tus logros desde la humildad», «vigila tu comunicación no verbal»… consejos y tips que a diario podemos leer en multitud de webs, perfiles en LinkedIn, apps de empleo, metabuscadores ¡o en ChatGPT! y que, al final, no terminan de funcionar porque no los interiorizamos y no los hacemos nuestros, desfigurando por completo quienes somos. Y, es que, creo que todos esos tips pueden funcionarnos si los adoptamos a nuestro carácter y a nuestra forma de ser pero no al revés.
Desde hace mucho tiempo yo enfoco las entrevistas de trabajo como un diálogo entre dos partes donde ambas tenemos que llegar a un acuerdo para cubrir nuestras necesidades. Así de sencillo y así de mágico. Y es mágico porque la magia es la ciencia oculta con que se pretende producir, valiéndose de ciertos actos o palabras, resultados contrarios a las leyes naturales.
Yo no concibo una entrevista de trabajo en la que no tenga espacio para preguntar aspectos de la empresa y del puesto, pero no al final de la entrevista cuando quien te entrevista comenta si tienes alguna pregunta, sino a lo largo de todo el proceso.
En uno de mis últimos procesos de selección para un puesto directivo en una organización del tercer sector (acabé consiguiendo el puesto y rechazándolo finalmente por otro cuyo salario emocional era muchísimo más ventajoso) no paré de hacer preguntas relacionadas con las funciones concretas del puesto: las responsabilidades clave asociadas al rol, las expectativas inmediatas y a largo plazo que había sobre la persona que se incorporara, la dinámica de trabajo, la metodología o los recursos disponibles, sobre el ambiente de trabajo o los desafíos actuales pero también sobre cómo se me daría feedback o cómo se llevarían a cabo las revisiones regulares de mi desempeño, entre otras cuestiones.
Y, es que, mi fórmula mágica creo que reside en confiar en mi propio valor como profesional. Aunque me ha costado mucho lograrlo (ya expliqué en una reflexión de 2023 cuáles son las consecuencias del mobbing), he logrado confiar mucho en mi valor y he conseguido dejar a un lado mis miedos en las entrevistas porque quien me entrevista no me está haciendo un favor, me está entrevistando. Pero ¡ojo! porque yo también estoy entrevistando a la organización y yo también estoy conociendo el lugar donde puedo llegar a trabajar.
Esta forma de cambiar la forma de pensar antes y durante las entrevistas, a mi, me ha hecho vivir la entrevista sin tanta presión y, si finalmente salgo del proceso de selección, no siento «una tremenda frustración» como me sucedía cuando era más joven.
Claro que investigo antes a las organizaciones, su cultura y el puesto al que aplico. Obvio que intento ser claro y conciso al expresar mis ideas y tengo una actitud positiva hacia el trabajo y la empresa, pero no muestro entusiasmo si no tengo la información que necesito. Todo eso lo hago pero todo eso lo hacemos todas las personas, no nos equivoquemos. No es ninguna estrategia innovadora.
Ha habido entrevistas de trabajo, especialmente desde hace un año y medio, donde a mitad de la conversación yo ya tenía claro que no quería estar ahí. Y, ésta, para mi, es mi ciencia exacta y mi fórmula mágica: saber dónde sí y dónde no quiero estar.