Estaba este fin de semana leyendo el artículo de Teresa Abuto en EL MUNDO llamado Rumbo a la Europa 3.0: los retos de la década digital y se me vinieron a la cabeza algunas ideas, que hoy plasmo en mi reflexión semanal.
La Unión Europea se ha propuesto darle un giro digital a sus políticas para mejorar nuestras vidas, pero también se enfrenta a unos cuantos retos. Finlandia, el país más feliz del mundo, tiene un secreto: valores y naturaleza, sí, pero también tecnología, mucha tecnología. Stefan Lindström, asesor tecnológico, explica que Finlandia combina sus valores con la tecnología para ser feliz.
Pero ¿qué tiene de especial Finlandia como para detenernos a hablar de ella? Además de su “felicidad”, es el país número uno en transformación digital en la UE y usan la tecnología para casi todo: desde gestiones de gobierno hasta arreglar problemas familiares. Están tan avanzadas que hasta tienen autorizaciones digitales para ayudar a personas mayores a realizar trámites online. Muy lejos de lo que sucede en España.
La UE tiene grandes planes para el 2030: hacer un ambiente digital inclusivo y seguro, cerrar la brecha digital y mejorar la ciberseguridad. Pero esto no es un paseo por el Pirineo aragonés, ¡es todo un desafío para cualquier Estado!
La inteligencia artificial está cambiando la forma en que usamos la tecnología y las instituciones están trabajando mucho para regular su uso. En España, incluso el nuevo Gobierno del Estado ha creado un Ministerio de Transformación Digital que, si bien es cierto, hasta este momento dependía de la Vicepresidencia económica.
En este contexto, la seguridad cibernética se convierte cada día más en un tema candente y, expertos en ciberseguridad como Mikko Hyppönen, señalan que, aunque la tecnología nos ofrece muchas ventajas, también nos hace vulnerables. Ya se habló mucho la pasada semana sobre la crisis generada en OpenAI, que pudo haber sido causada por importantes hallazgos en torno a la inteligencia artificial general.
En este sentido, la UE está preparándose contra estos ataques con leyes más estrictas y reforzando la ciberseguridad y aumentando su gasto en ciberseguridad para protegerse contra amenazas basadas en la Inteligencia Artificial.
Mientras todo esto está sucediendo, el tercer sector, que abarca organizaciones sin ánimo de lucro y entidades sociales, está en una encrucijada en términos de transición digital.
En mi opinión, existe una falta de inversión tremenda, pues muchas organizaciones del tercer sector carecen de recursos financieros para invertir en tecnología y capacitación digital. Por no hablar de que existe una brecha enorme, en términos de conocimiento digital, entre las organizaciones y su capacidad para adoptar nuevas tecnologías y estrategias digitales. En paralelo, algunas entidades se aferran a métodos tradicionales por temor al cambio o falta de comprensión sobre el valor de la transformación digital, lo que agrava el problema.
En mi opinión, la transición digital no versa sólo sobre adoptar nuevas herramientas, sino también sobre cambiar mentalidades y procesos. Soy un convencido de que priorizar la digitalización permitirá al tercer sector mejorar su alcance, eficiencia y capacidad para generar impactos positivos en la población a la que se dirige y en la sociedad en su conjunto.
Desde el tercer sector, ¿cómo podemos comenzar?
A mí, se me ocurre, que para comenzar a trabajar en este proceso, además de contar con personal que sepa sobre transformación digital y sobre cómo llevar a cabo estas transiciones, podemos ponernos a trabajar en lo siguiente:
- Evaluando las necesidades y realizando un análisis exhaustivo de las necesidades digitales de la organización, lo que incluye la identificación de áreas de mejora y la definición de objetivos claros para la transición digital.
- Invirtiendo en capacitación y proporcionando formación y recursos al personal laboral y voluntariado sobre herramientas digitales, gestión de datos y ciberseguridad.
- Desarrollando una estrategia digital y creando un plan detallado que defina cómo la organización planea integrar la tecnología en sus operaciones diarias (redes sociales, plataformas de donaciones en línea, software de gestión de voluntariado, etc.)
- Fomentando la cultura digital y promoviendo una mentalidad abierta al cambio y la innovación dentro de la organización, lo que implica un liderazgo comprometido, una comunicación clara y la apertura a nuevas ideas.
- Colaborando y alimentando alianzas con empresas, otras organizaciones del tercer sector o administraciones públicas que puedan brindar apoyo tecnológico, financiero o de conocimientos.
- Midiendo, ajustando y estableciendo métricas claras para evaluar el progreso en la implementación de la estrategia digital, lo que, en mi opinión, conlleva realizar ajustes según los resultados y las necesidades cambiantes.
Si formas parte de una organización social y la transformación digital no forma parte de tus planes, en mi opinión, estás llegando tarde y tienes que comenzar a pensar de otra manera con respecto a la forma de trabajo que abordarás a partir de 2030.