He estado reflexionando sobre los resultados de las elecciones municipales y autonómicas del pasado 28 de mayo en clave LGTBI y, en vez de plasmar mi reflexión en dos entradas consecutivas, como acostumbro a hacer, me he decantado por escribir una reflexión algo más largo de lo habitual porque la semana próxima ya no estaremos en este punto y sí en la próxima campaña electoral, que anunció ayer el Presidente de Gobierno, y que culminará el 23 de julio en unas elecciones generales tremendamente complejas para el bloque de la izquierda.
I La batalla por el campo simbólico: Resignificación, nuevas narrativas y empatía para las personas LGTBI
En la lucha por la igualdad y el reconocimiento de los derechos de las personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales (LGTBI), el campo simbólico se ha convertido en un terreno crucial de confrontación y transformación.
Más allá de las demandas legales y políticas, la batalla por la aceptación y la inclusión requiere la resignificación de conceptos, la creación de nuevas narrativas y, sobre todo, la promoción de la empatía. Hoy reflexiono y exploro cómo el campo simbólico se convierte en un espacio donde se libra una batalla importante para la comunidad LGTBI, buscando transformarlo en un ámbito político, fraterno y resiliente y cómo esto mismo provoca una resistencia tremenda por parte de los sectores que ostentan los poderes fácticos de la sociedad.
Y, es que, uno de los desafíos fundamentales para la comunidad LGTBI ha sido la resignificación de conceptos y términos que históricamente han sido utilizados para estigmatizar y marginar. Palabras como «normalidad«, «familia» o «matrimonio» han sido apropiadas por la sociedad cis-heterosexual y se han convertido en barreras que excluyen a aquellas personas que no se ajustan a los moldes preestablecidos. En este sentido, ha sido – y sigue siendo – necesario romper con esas concepciones limitantes y darles nuevos significados que abarquen la diversidad de experiencias y relaciones que existen en la comunidad LGTBI.
La transformación del campo simbólico implica la creación de nuevas narrativas que reflejen la realidad y las vivencias de las personas LGTBI y es por ello que durante mi etapa de dos años como Director Ejecutivo de la Federación Estatal LGTB (actual FELGTBI+) me esforcé mucho porque la organización contara historias en los medios que mostraran la complejidad y la riqueza de sus vidas, alejándose de estereotipos y prejuicios. Unas narrativas que debían ser inclusivas y que abarcaran las múltiples identidades y experiencias interseccionales dentro de la comunidad, dando voz a aquellas personas que han sido históricamente silenciadas, como las personas trans, intersex o aquellas que pertenecen a minorías étnicas dentro de la comunidad LGTBI. Fruto de ese trabajo, bajo mi dirección, la presencia en medios fue constante. Y fruto de esta forma de entender las políticas LGTBI desde el movimiento activista LGTBI, pudimos asentar programas ya existentes, como “EMIDIS”, para abordar la D&I LGTBI en el sector privado, o crear e implementar proyectos (actualmente ya consolidados) como “Yes, We Trans!”, de inserción sociolaboral para personas trans.
No podemos pasar por alto tampoco que la empatía juega un papel fundamental en la transformación del campo simbólico porque, para lograr una sociedad más inclusiva, es necesario fomentar la empatía hacia las experiencias y vivencias de las personas LGTBI. Y así lo entendí y lo apliqué yo junto a mi equipo. Por eso mismo, trabajamos muchísimo por implicar, educar y sensibilizar a la sociedad en general, promoviendo la comprensión y el respeto hacia la D&I LGTBI a través de hacer situar a terceras personas en el lugar de las personas LGTBI, reconocer su humanidad y luchar contra los estigmas y prejuicios arraigados en nuestra cultura.
Yo siempre he entendido que la batalla por el campo simbólico no sólo busca la transformación política, sino también la construcción de lazos fraternos y resilientes dentro de la comunidad LGBTI. La solidaridad y el apoyo mutuo son fundamentales para resistir la discriminación y superar los desafíos que aún persisten. Además, es importante reconocer que la lucha por la igualdad no se limita únicamente a las personas LGTBI y nuestras familias, sino que requiere la participación y el compromiso de toda la sociedad.
II El 28M y las políticas públicas LGTBI
Dicho todo esto, quien ha trabajado conmigo sabe que las políticas simbólicas siempre las he entendido como una herramienta para llevar a cabo políticas activas en pro de los derechos LGTBI, no como fines en sí mismas, aunque ambos aspectos estén estrechamente interconectados y se refuercen mutuamente.
El pasado domingo, 28 de marzo, la totalidad de municipios y la gran mayoría de comunidades autónomas en España, eligieron de manera abrumadora que su opción preferida para gobernar es la representada por el bloque verdiazul, o conservador, compuesto por un partido que normaliza y blanquea los discursos de odio y pone en tela de juicio los derechos humanos, especialmente los de las mujeres, las personas migrantes y las personas LGTBI. Y, en parte, esta elección legítima y democrática de la ciudadanía, es reacción – en lo que a políticas LGTBI se refiere – a las políticas simbólicas impulsadas por el Ministerio de Igualdad, que, como dije anteriormente, se han centrado en la resignificación de conceptos, la creación de nuevas narrativas y el fomento de la empatía. O dicho de otra manera, han intentado impulsar el establecimiento de ambientes propicios para la aceptación, la inclusión y la igualdad de las personas LGTBI (cuando este papel corresponde más al activismo y no a las instituciones) y no tanto en las políticas activas en pro de los derechos LGTBI, que también la ha tenido con el impulso de la ley trans.
Cierro mi reflexión de hoy haciendo un llamamiento al movimiento activista LGTBI porque, si bien las políticas de lo simbólico son muy importantes, el foco de su acción debería residir en respaldar y garantizar los avances conseguidos en el campo simbólico a través de políticas activas, de menor ruido, pero de mayor impacto. Con esto, me refiero a los desarrollos reglamentarios de las leyes LGTBI y Trans estatal y autonómicas, de las medidas sectoriales y municipales antidiscriminación, de la educación inclusiva, etc. Dicho de otra forma, en las acciones políticas que buscan no solo proteger los derechos fundamentales de las personas LGTBI, sino también crear entornos legales y sociales favorables para nuestro pleno desarrollo.
A lo largo de la historia, los cambios significativos en las estructuras sociales, las normas culturales y las relaciones de poder han surgido a raíz de la resistencia y la lucha contra las injusticias y las desigualdades existentes. El statu quo tiende a mantenerse debido a la inercia y a los intereses establecidos, lo que dificulta cualquier intento de cambio. Las estructuras sociales, las instituciones y las mentalidades arraigadas suelen resistirse a los desafíos que amenazan su posición privilegiada. Por lo tanto, cualquier intento de alterar el orden establecido enfrentará resistencia por parte de aquellas personas que se benefician del status quo o se sienten amenazadas por la perspectiva de cambios que desafíen su poder y privilegios.
La resistencia puede manifestarse de diversas formas, desde la oposición abierta y directa hasta los obstáculos sutiles y sistémicos. Puede provenir de personas, grupos, instituciones o incluso de la propia cultura dominante. Sin embargo, en mi opinión, creo que la resistencia no debe ser vista como una señal de fracaso, sino más bien como una indicación de que se están produciendo cambios significativos y desafiantes.
La resistencia a menudo es un indicador de que las voces oprimidas están ganando visibilidad y poder, y que las estructuras de poder existentes están siendo cuestionadas. En este sentido, la resistencia también podemos verla como un catalizador para el cambio, ya que genera un diálogo y una confrontación que pueden llevar a la reflexión y a la transformación de las actitudes y las políticas. Por todo ello, aunque la combinación de la transformación simbólica y las políticas activas genera un efecto sinérgico (las políticas promueven cambios tangibles en la vida cotidiana de las personas LGTBI y, al mismo tiempo, la resignificación simbólica rompe con los estigmas y los prejuicios arraigados en la cultura), no podemos perder de vista nunca el foco.
Es importante tener en cuenta que la resistencia a los avances logrados en esta legislatura a nivel estatal no garantiza automáticamente el cambio social y requiere de estrategias efectivas, organización y movilización para superar las barreras y los obstáculos que se presenten. Dicho lo cual, la resistencia es esencial para impulsar el cambio y para asegurar que las voces de las personas LGTBI, históricamente marginadas, sean escuchadas y consideradas en la construcción de una sociedad más justa.
Finalizo mi reflexión de hoy destacando que esta batalla estratégica no es estática ni definitiva, ya que los avances y logros conseguidos pueden enfrentar resistencias y retrocesos, como los que vamos a vivir, previsiblemente, la próxima década. Por lo tanto, compañeras activistas y convencidas de la importancia del abordaje de la D&I LGTBI, no desistáis en la lucha por el campo simbólico y las políticas activas. Llevadlas a cabo de manera constante y rutinaria y respaldadlas con una fuerte movilización y una sólida alianza entre la propia comunidad LGTBI, las personas aliadas, las organizaciones de derechos humanos, las instituciones y el sector privado.