Estaba leyendo el artículo de Noelia Núñez del pasado día 16 de febrero en SMODA de ELPAÍS y me removió mucho la conciencia. Desde aquí, ¡gracias, Noelia! porque todo aquello que te remueve y te hace reflexionar intento vivirlo como algo positivo. El artículo de Núñez me ha inspirado lo suficiente como para creer que esta entrada es la reflexión más personal de todas las que he hecho hasta ahora por este canal.
En el mundo empresarial se habla de la “Gran renuncia” para abordar una realidad: dejar el trabajo en el que te encuentras en pro de la salud mental, un concepto que ha ido incrementándose en su práctica desde la pandemia de la COVID-19, especialmente en EE. UU.
Y, es que, el propósito y el disfrute de la vida personal han pasado para muchas personas, entre las que me encuentro, a un primer plano. El empleo a toda costa ya no resulta tan prioritario y, en mi caso, me uní al “lo primero eres tú” porque entendí que yo no estaba como quería y debía estar y porque, de manera consciente y voluntaria, decidí parar, reflexionar, respirar, mejorar mi estado de vida y potenciar mi desarrollo personal.
Pero, como dice Núñez en su artículo, “a la hora de la verdad, sin embargo, para la gran mayoría de los trabajadores, la realidad y las circunstancias son bien distintas a las de estas dos mujeres” (haciendo referencia a la directora de Meta y a la primera ministra de Nueva Zelanda, a las que nombra en su artículo un poco antes, como dos ejemplos de mujeres que se han dejado llevar por la Gran Reforma). En mi caso, la intoxicación nunca vino desde el ámbito laboral en el que estaba trabajando en ese momento, pero sí arrastraba problemas serios de un trabajo anterior, que me incapacitaron para lograr los objetivos que requería aquel puesto cuando decidí parar. Antes de eso, renunciar en pro de mi salud mental nunca estuvo en mi cabeza porque no me lo podía permitir. O eso pensaba yo hasta que lo visualicé en mi cabeza.
Y, es que, irse de un trabajo sin un colchón económico con el que aguantar un periodo indefinido no es una opción, pero tampoco es una opción trabajar estoicamente como si su nuestro trabajo fuera una historia épica en la que debemos permanecer en pie y luchando sin descansar.
Y, claro, cuando paras, respiras y vuelves a recalibrar el foco de tus prioridades te das cuenta de que acabas de ejercer tus privilegios de clase porque poder irte sin ese colchón económico que permita que puedas seguir viviendo y pagando tus facturas no lo puede hacer todo el mundo, como tampoco todo el mundo puede irse de un trabajo de una manera digna y educada, como si la empresa no fuera corresponsable de tus problemas de estrés o ansiedad cuando así lo es.
Yo pude hacerlo porque tener un trabajo indefinido e ir sumando antigüedad a mí nunca me ha aportado demasiada seguridad; a mí me dan seguridad otras cosas. Yo pude hacerlo también porque en ese momento no tenía responsabilidades familiares, por lo que pude permitirme pensar en mi propio crecimiento personal, y no sólo el laboral.
Y yo pude hacerlo, también, porque, desde mis privilegios, decidí asumir riesgos, pude asumirlos y pasar por un proceso de deconstrucción personal para pasar a otro de reconstrucción laboral.
En el maravilloso artículo al que estoy haciendo referencia, aparecen unas declaraciones de Isabel Aranda García, doctora en Psicología y vocal de Psicología del Trabajo del Colegio de la Psicología de Madrid, que dicen que “En España no hay Gran Dimisión porque contamos con un seguro al que no estamos dispuestos a renunciar. Si has trabajado muchos años, tienes derecho a un dinero, y si te vas lo pierdes, así que no te vas. Por eso, cuanta más edad, menos probabilidad de cambio” y no puedo estar más de acuerdo. Por eso me posiciono en contra de esta realidad: me niego a pensar que no puedo cambiar y que mi futuro laboral está escrito.
El sueldo: principal motivo de no – motivación
Un informe elaborado por Fremap, que ha analizado 380.000 bajas laborales en una muestra de 3 millones de personas, demuestra que entre 2015 y 2021 la incidencia media de los procesos de incapacidad temporal por trastornos mentales y de comportamiento (TMC) subió un 17% para todos los grupos de edad. En 2021, si se obvia el impacto de la COVID 19, las enfermedades mentales fueron motivo del 15%de los días de baja, lo que supuso la segunda causa más representativa, solo por detrás de los trastornos músculo-esqueléticos. Además de la trascendencia para las personas, también pesa en el bolsillo. Los procesos de incapacidad temporal ocasionaron a las empresas un coste medio salarial y de cotización de 2.053,36 euros por baja en 2021, según el mismo informe. Además, España es también el país del mundo que más ansiolíticos consume.
Y según el último informe de Hays, una consultora de selección de personal que lleva años elaborando un retrato de la situación de las personas trabajadoras y las empresas españolas, en 2022, el 61% del personal trabajador en España aseguró sentirse desmotivado, un 14% más con respecto a 2021.
De las cosas más relevantes a la hora de cambiar de trabajo es la búsqueda de mejores condiciones salariales: un 65% de las personas encuestadas en el estudio de Hays dijeron que, si vieran en su nómina un incremento salarial, les devolvería las ganas de trabajar, al 35% les ayudaría un mayor reconocimiento, y el 24% estarían mejor con más flexibilidad laboral.
Con todo esto me pregunto ¿tenemos realmente una cultura laboral muy de aguantar todo lo que nos echen? ¿Saltar de empresa en empresa es la solución o de verdad debemos cambiar nuestra cultura empresarial?