¿Existe una cultura LGTBI? ¿Las culturas basadas en la sexualidad son una subcultura real? ¿Formamos una comunidad las personas que compartimos experiencias, antecedentes o intereses debido a nuestra orientación sexual, identidad y/o expresión de género? En mi opinión la respuesta a estas preguntas es muy clara y tajante: ¡sí!
Desde Brand hasta Hirschfeld pasando por Sagan, incluso la Sociedad Mattachine o las Hijas de Bilitis han asegurado a lo largo de los últimos tiempos que las minorías sexuales podíamos constituir – y constituíamos – minorías culturales. Pero es que, si nos ponemos a pensar un poco, observaremos con toda claridad que hasta existen subtipos culturales en la propia comunidad LGTBI como son la comunidad bear, la trans, la queer o la lipstic, entre otras. Todo esto, teniendo muy presente que hay muchas personas LGTBI que no se identifican ni con la cultura LGTBI, ni mucho menos, con la propia comunidad LGTBI.
La interacción entre culturas ha nutrido las sociedades a lo largo de los siglos de conocimientos, ideas, tradiciones y costumbres y no se le ha dado la mayor importancia porque no se apreciaba para nada la cultura ajena ya que ésta generalmente era apropiada por quienes ejercían el poder. No podemos olvidar que en el marco intercultural ha existido también siempre un claro desequilibrio de poder mediante el cual se ha impuesto – sobre la otra – una forma concreta (y válida) de cultura mediante la herramienta de la apropiación.
Dicho de otra manera, la apropiación cultural consiste en la explotación de creaciones, rituales, atuendos, productos, etc. pertenecientes a una comunidad históricamente discriminada, aunque también es cierto que muchas personas expertas en la materia afirman que ante este concepto son críticas, escépticas y negacionistas. Desde mi punto de vista, este proceso refleja de una forma “amable” la violencia racial y el colonialismo, y – salvando las distancias y con el máximo respeto a los movimientos antirracistas y anticolonialistas – también tiene su expresión en el ámbito LGTBI.
En mi opinión, la apreciación cultural es fundamental para el avance social y exige por parte de todas las personas y de todas las culturas un sincero aprendizaje que refleje verdaderamente esa interacción de las diferentes culturas.
¿Se puede apropiar el discurso político identitario de la comunidad LGTBI por parte de la cis- hetero- normatividad?
Las personas LGTBI, y especialmente las activistas LGTBI, somos especialistas en el discurso político de la identidad, enfocado únicamente en la sexualidad (y con pocas connotaciones fuera de la sexualidad, aunque cada vez existe un mayor aumento de visiones interseccionales, como ya he comentado en reflexiones anteriores). Por esto mismo, deberíamos ser muy cuidadosas con aquellas políticas identitarias ajenas a “lo nuestro”, pues sigue costándonos mucho trabajo entender algunas cuestiones relativas a lo identitario que no tienen que ver con la vivencia de la sexualidad. Y de ahí mi reflexión.
Un ejemplo muy visual de la cultura LGTBI es la de salón, con el vídeo «Vogue» de Madonna y sus actuaciones de los 90, en las que bailarinas y bailarines de casas de la competencia se enfrentaban en la pista de baile, como la propia canción te anima a hacerlo. Y es que el “voguing” tuvo una enorme cantidad de peso para aquellas personas que venían de la escena de la pelota, un espacio seguro para un grupo de personas que sufrieron discriminación a diario; llevado a la comunidad LGTBI, sobresalir en la moda era todo un éxito vital porque era social, colectivo y, fundamentalmente, cultural. En este sentido, no podemos olvidar tampoco que Madonna fue acusada de apropiación cultural, y muchas personas la acusaron de beneficiarse del trabajo de la gente de los márgenes sociales con la que trabajaba.
Toda esta reflexión a mí me plantea cuestiones como si podemos comparar las costumbres, las ideas y el comportamiento social en los salones de Ballroom con los disturbios de Stonewall, por ejemplo, o si pueden las artes y otras manifestaciones colectivas que se derivan de la comunidad drag y travesti de Chueca, Barcelona, Sevilla o Zaragoza compararse con la escena de la vida nocturna, disidente o no, del resto de España.
Yo soy muy consciente de que el mundo cultural LGTBI en el que me he movido ha estado orientado fuertemente hacia un público cis, gay y blanco, fundamentalmente, pero también soy muy consciente de que esos espacios, que para mi han significado y significan un hogar, son para muchas personas LGTBI un lugar que podría considerarse poco acogedor para ellas. La comunidad LGTBI, y con ella, la cultura LGTBI al final parece ser un asunto de doble arista: es personal y es comunitaria a la vez, pues cada cual fomenta un sentimiento de pertenencia diferente según haya sido su proceso de socialización. Y, es que, una cosa es que un hombre cis, heterosexual y blanco se travista con un afán de mofa, burla o chanza y otra cosa es que lo haga por convencimiento una persona racializada, o gay, o trans, en este caso. Ponerse en peligro podría considerarse como una buena vara de medir la apropiación cultural. También, por supuesto, ser consciente de compartir la ética de la acción cultural que estoy llevando a cabo y de cómo se pueden robar las señas cultuales de las personas LGTBI pueden ser otras medidas a tener en cuenta.