La indignidad de las personas LGTBI como fundamento de la discriminación LGTBIfóbica

La discriminación que se ejerce contra las personas del colectivo LGTBI socava los principios de derechos humanos proclamados en la Declaración Universal de Derechos Humanos y la discriminación y la violencia que padecemos las personas LGTBI, que son cotidianas, nos hacen vivir habitualmente situaciones de odio profundamente arraigadas en nuestra cultura. 

Y, es que, las personas LGTBI nos enfrentamos a diversos desafíos, algunos comunes a todas las letras y otros de carácter específico. Por ejemplo, las personas intersexuales (LGTB[I]) padecen algunas de las vulneraciones de derechos humanos que también sufren las personas LGTB pero, a la par, se enfrentan a la violencia institucional de los sistemas sanitarios, que les acarrea consecuencias físicas y psicológicas para toda la vida. Y esto mismo es aplicable a cada una de las letras, sin tener en cuenta otras realidades que atraviesan nuestras “letras” como la edad, el género, la capacidad, el nivel adquisitivo, la etnicidad, la nacionalidad y otras. 

En mi opinión, lo que no podemos olvidar es que los derechos humanos son derechos y libertades fundamentales que tenemos todas las personas por el mero hecho de existir y respetarlos supone establecer las condiciones indispensables para que los seres humanos vivamos dignamente en un entorno de libertad, justicia y paz.

Los derechos humanos son universalesindivisiblesinterdependientes y engloban derechos y obligaciones inherentes a todos los seres humanos que nadie tiene autoridad para negarnos, no haciendo distinción de sexo, nacionalidad, lugar de residencia, origen nacional o étnico, color, religión, lengua, edad, partido político o condición social, cultural o económica. 

La dignidad de la persona como pilar fundamental sobre el que se sustentan los derechos humanos

El debate sobre la dignidad de la persona es una de las cuestiones más difíciles y apasionantes que se han abordado desde la Filosofía del Derecho y quienes hemos estudiado esta carrera (o grado) sabemos de su complejidad. Y lo es porque el propio concepto no es unívoco y para su concepción es necesario considerar aspectos, cuanto menos, filosóficospolíticosantropológicossociológicosbioéticos y jurídicos.

En mi reflexión de hoy sólo quiero detenerme en analizar muy sucintamente el concepto de dignidad de la persona desde un punto de vista únicamente jurídico, considerando las derivaciones que tiene en el campo de los derechos humanos

Como punto de partida, creo que la dignidad de la persona es una cualidad esencial del ser humano, o dicho de otra manera, es un atributo universal común a todas las personas del que no podemos desprendernos. Esta cualidad, por consiguiente, es inherente a todos los seres humanos y, unida a la noción de autonomía individual, fundamenta o perfila los pilares normativos democráticos modernos. 

En mi opinión, tener claro el concepto de “dignidad de la persona” permite afirmar que ésta constituye la fuente moral de todos los derechos y no una mera fórmula vacía a la que recurrir desde un punto de vista teórico para agrupar una serie de derechos individuales no relacionados entre sí. Y, hablando de su aplicabilidad en el mundo jurídico, no podemos obviar de ninguna manera a J. Habermas, quien sostiene que una decisión justificada en casos difíciles (hard cases) suele ser posible únicamente si se apela a una violación de la dignidad humana, cuya validez absoluta fundamenta la prioridad de una de las exigencias sobre las otras. Es por ello por lo que es esencial sostener que toda violación a los derechos humanos representa a su vez una afectación de la dignidad humana.

Roberto Andorno, que ha dedicado muchas y muy buenas reflexiones a este tema, especialmente en el ámbito de la salud y fundamentalmente desde el lado de la Bioética, considera la dignidad humana “uno de los pocos valores comunes en nuestro mundo de pluralismo filosófico”, es decir, un contenido necesario para que exista una teoría de los derechos humanos. Andorno considera que “la mayor parte de la gente asume como un hecho empírico que los seres humanos tienen una dignidad intrínseca” y reconoce que “el fundamento último de la dignidad humana sólo puede ser metafísico o teológico”.

Los estereotipos y los prejuicios tienen, básicamente, un origen sociocultural. En esta línea, la socialización es un factor determinante para la generación – o no – de estereotipos y prejuicios sociales. Y, es que, estos forman parte de nuestra herencia cultural y son transmitidos al mismo tiempo que las normas, las costumbres y las maneras de comportarnos que son compartidas por la sociedad, en general, con un rol claro de explicación social que consiste en legitimar las diferencias sociales o justificar las situaciones de desigualdad. 

En mi opinión, los prejuicios y los estereotipos proporcionan sistemas explicativos a través del sesgo de la psicologización de diferentes aspectos de un fenómeno social. Por ejemplo, la discriminación hacia las personas con VIH se basa sobre una serie de creencias que cuestionan la responsabilidad individual, es decir, las personas con VIH son consideradas en mayor medida responsables de lo que les pasa frente, por ejemplo, a aquellas que padecen un cáncer. De esta manera, los estereotipos y los prejuicios constituyen procesos de racionalización que sirven para justificar la desvalorización social de la cual son objeto ciertas personas y grupos.

La mayor parte de las personas afectadas por alguna forma de discriminación (como práctica de los prejuicios basados en estereotipos) somos personas pertenecientes a alguna de las denominadas minorías sociales, es decir, formamos parte de alguno o algunos pequeños grupos dentro de una sociedad o cultura concretas, aunque hay muchos casos en los que estos grupos no son pequeños. Y, generalmente, hablamos de minorías sociales al referirnos a clase social o nivel adquisitivo (aporofobia), edad (donde entraría el edadismo), género (machismo, sexismo, embarazo y violencia de género), origen o nacionalidad(xenofobia) o etnicidad (racismo), discapacidadorientación sexual e identidad o expresión de género (LGTBIfobia), religión (antisemitismo e islamofobia, entre otras), ideología, etc. 

O interrelacionamos derechos o no defendemos los derechos humanos

Formar y formarnos en cuestiones LGTBI requiere de profesionales que sepan traducir que hablar de derechos LGTBI es hablar de derechos humanos y que estudiar derechos humanos conlleva hablar de derechos LGTBI. Por esto, para poner en marcha acciones formativas y de sensibilización en cualquier espacio ¡Cuenta conmigo para construir algo fantástico! 

El movimiento hoy LGTBI – anteriormente, homosexual – siempre ha tenido el reto de dar espacio a voces y reivindicaciones que no sean sólo gais, aunque no siempre las ha cumplido. Si ya un primer síntoma de que el encaje no se ha dado como debería en el movimiento LGTBI moderno, se dio en la primera manifestación de un orgullo LGTBI en España (Barcelona, 1977) cuando se quiso que las personas que rompían con el modelo de masculinidad no tuvieran protagonismo, y no sólo entre las letras que conforman las siglas LGTBI, sino entre más realidades.

Sobre esa manifestación, cuenta el dibujante Nazario Luque que “José Ocaña quería ir delante con la pancarta, con sus peinetas y sus historias, pero alguien de la organización le recomendó meterse dentro de la masa de la manifestación para evitar que fuera la imagen que captara la prensa y que aquello pareciera un carnaval”. Sin embargo, las mujeres trans y muchas travestis tomaron la pancarta y protagonizan la foto que pasó a la historia. En este mismo sentido, Empar Pineda, militante feminista lesbiana, señaló en su día la misoginia presente en el movimiento gay. “No se había hecho una reflexión sobre qué significaba no solo la defensa de la opción sexual, sino la defensa de unos valores que requerían autoconciencia, para quitarse los elementos de misoginia, y en eso se notó la pérdida de la presencia de lesbis en las organizaciones mixtas”.

Y es que, el movimiento en ese momento quería huir de los estereotipos y mostrar “normalidad”, pero por el camino quedaban sin lugar aquellas personas que no encajaban con el estereotipo de masculinidad, relegando al maricón de pluma como si fuera una segunda categoría de maricón y al maricón como si fuera una subcategoría de homosexual porque en la respetabilidad que pedía el movimiento LGTBI de aquel momento no cabía “la loca”, la pluma, la travesti o quien estuviera fuera de la norma.

En la actualidad, el movimiento LGTBI que yo reconozco, aplaudo y en el que me identifico es un movimiento en pro de los derechos humanos que trabaja por las personas LGTBI en todas sus aristas. No es el movimiento que era en el año 77 del siglo pasado porque se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo y con la suma de realidades. Ese movimiento no es exclusivamente blanco, ni capacitista, ni cisexista, ni misógino, ni únicamente gay, ni capitalista, ni clasista, ni aporófobo, ni racista, ni xenófobo, ni edadista, ni antisemita, ni islamófobo, ni retrógrado. En este sentido, sólo reconozco el movimiento que trabaja en pro de los derechos humanos en toda su inmensidad, haciendo mía la crítica de Brigitte Vasallo, activista feminista antirracista, que decía que “hay un secuestro de los movimientos LGTBIQ por parte de una serie de identidades de la comodidad, del privilegio, capturadas por el capitalismo, que normalmente no sólo son hombres, sino que también son cis, blancos, con una determinada capacidad económica”, así como de Montse Pineda cuando aseguraba que “la lucha LGTBI no es revolucionaria”; “está teñida de clase social y de comodidad, de la misma manera que lo estaba hace 40 años”; “lo que es realmente revolucionario no es que algunas deconstruyamos el género, sino que todos puedan reflexionar sobre cuál es el papel de su cuerpo, sobre su opción sexual, pero también sobre sus opciones de vida”.

En estos más de 40 años han cambiado muchas cosas y pese a que celebro que con el tiempo algunas voces que habían quedado más invisibilizadas están finalmente conquistando espacios, muchas voces, sobre todo de las mujeres bisexuales y lesbianas, siguen estando invisibilizadas y silenciadas porque se ha dado por hecho que las mujeres LB ya son visibles y no sufren discriminación. Por supuesto, las personas trans han estado muchos años silenciadas, pero para las personas que han vivido y viven en los márgenes de la normatividad y, fundamentalmente con la aprobación del Anteproyecto de Ley para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, las personas trans han ganado en visibilidad, conquistando sus propios espacios, que nadie les ha regalado. Aunque falta todavía muchísimo para lograr un respeto a su dignidad como personas. 

En resumen, el vínculo entre la opresión de las personas LGTBI y la opresión por otras realidades de las que las personas LGTBI somos también protagonistas están estrechamente relacionadas y debemos defender, y defiendo, un movimiento relacionado con otras muchas causas, pero siempre desde un enfoque internacionalista y solidario.