LGTBI vs Q. Cuando el acrónimo «LGBTIQ» no es correcto

En los XXIX Encuentros Estatales de entidades LGTBIQ que tuve el placer de organizar para Huesca en 2017, a través de la Asociación SOMOS LGTB+ de Aragón, ONG LGTBI de referencia en la Comunidad Autónoma, la organización RQTR ya hablaba sobre esta cuestión de una manera magnífica. Y, es que, desde que hace unos años abrimos las siglas “LGTB” a LGTBI, LGTBIA, LGBTTTIA, etc. y también se introdujo la Q en el acrónimo para incluir las realidades queer.

Dicho de otra forma, hemos pasado de un acrónimo que resumía las identidades políticas del colectivo de personas que se alejaban de los cánones sexo-genéricos normativos a un acrónimo que intenta recoger las políticas identitarias de un colectivo. Y no es un tema valadí, porque el vínculo entre la personalidad y la identidad política es muy estrecho pero debemos tener claro si con el acrónimo hablamos de un concepto o de otro.

En el ensayo Queer: historia de una palabra, Paul B. Preciado señala que “desde su aparición en el siglo XVIII en lengua inglesa, ‘queer’ servía para referirse al tramposo, al ladrón, al borracho y a la oveja negra, pero también a todo aquel que no pudiera ser inmediatamente reconocido como hombre o mujer”. Era una manera de calificar a los hombres ‘afeminados’ y a las mujeres ‘masculinas’. Eran ‘queer’ el maricón, la bollera y el travesti.

Pese a esto, en menos de dos siglos, la palabra ha ido cambiando radicalmente de uso. “A mediados de los ochenta, empujados por la crisis pandémica del sida, un conjunto de microgrupos decidió apropiarse de la injuria ‘queer’ para hacer de ella un lugar de acción política”, afirma Preciado. “Así, ya no era ‘el señorito heterosexual’ el que llamaba al otro ‘maricón’ sino que ahora el marica, la lesbiana y la persona trans se autodenominaban ‘queer’. La palabra dejó de ser un instrumento de represión social para convertirse en uno revolucionario”, agrega.

En el ensayo “La Teoría Queer: la deconstrucción de las sexualidades periféricas”, de Carlos Fonseca y María Luisa Quintero, docentes de la Universidad Autónoma de México, explican que lo ‘queer’ representa las sexualidades que traspasan las fronteras de lo aceptado socialmente: la vida heterosexual, mo­nógama y entre personas de la misma edad y clase social, entre otros. Y, es que, en términos generales, además de retar la heterosexualidad obligatoria (también llamada “heteronormatividad”), la teoría ‘queer’ rechaza clasificar a las personas por su orientación sexual o identidad de género.

Y he aquí el quid de mi reflexión de hoy. 

Andrea García Becerra, antropóloga y especialista en estudios de género y docente de la Universidad Javeriana en Bogotá se preguntaba hace ya unos años “¿Por qué habría que definirse por un gusto en la sexualidad? ¿Por qué si a una mujer le atrae un hombre tendría que definirse como heterosexual? ¿O si a una mujer le gusta alguien de su mismo sexo tendría que calificarse como lesbiana? Fonseca y Quintero señalan, siguiendo a Judith Butler, que cualquier categoría de identidad, como la “lesbiana” o la “heterosexual” por solo nombrar dos, regula, controla, autoriza y, en menor medida, libera.

Y, es que, palabras como ‘homosexual’ o ‘transexual’ son impuestas por el poder médico desde un punto de vista patológico. Es decir, son conceptos creados por parte del mundo médico que durante el siglo XIX y XX acuñaron estos términos para hablar casi que de una nueva especie de sujetos. Por esto, además de oponerse a categorías como homosexual, heterosexual y transexual, la filosofía ‘queer cuestiona las clasificaciones por género, especialmente las binarias: hombre o mujer, masculino o femenino, etc. por considerarlas imposiciones. Ya que, como enfatizan Fonseca y Quintero, la femi­nidad no es producto de una elección, sino de unas reglas de género.

P.B. Preciado, en su ensayo “Basura y Género. Mear/Cagar. Masculino/Femenino” afirma que los baños, por ejemplo, se han convertido en espacios para evaluar la coherencia de los cuerpos que allí entran, con los códigos vigentes de masculinidad y feminidad, siendo que la única señal existente en la puerta de cada baño es una interpelación de género: damas o caballeros, bigote o florecilla. “Como si hubiera que entrar al baño a rehacerse el género más que a deshacerse de la orina y de la mierda. No se nos pregunta si vamos a cagar o a mear, lo único que importa es el género”.

“En estos espacios, cualquier ambigüedad de género (pelo corto, falta de maquillaje, una pelusilla que sombrea en forma de bigote, paso demasiado afirmativo…) exigirá un interrogatorio al usuario potencial quien se verá obligado a justificar la coherencia de su elección de baño: ‘eh, usted. Se ha equivocado de baño, los de caballeros están a la derecha’”, enfatiza Preciado.

El acrónimo LGBTIQ no es correcto

Así, teniendo en cuenta que lo ‘queer’ cuestiona lo LGTB, resulta contradictorio hablar de personas ‘LGTBQ’ porque lo queer no puede ser entendido como una categoría más de esa sigla ya que está en contra de estas: busca no encasillarse ni definirse sino vivir en una fluidez constante.

Por esto, contar con una base de conocimiento sólida es sumamente importante para poner en marcha acciones formativas y de sensibilización en cualquier espacio. ¡Cuenta conmigo para construir algo fantástico! si necesitas trabajar la formación en tu organización. 

Yo tengo claro que hay discursos activistas que intentan ser inclusivos y por ello hablan de personas LGTBIQ, en pro de una inclusividad mal entendida, pero es importante que los discursos vayan más allá. Deben profundizar en las experiencias en género y sexualidades que no están dentro de lo LGTB e incluso en el concepto de ‘comunidad LGTBI’ porque podríamos discutir, y aquí lo dejo para próximas reflexiones, si existe o no tal comunidad. 

Actualmente, el concepto queer no puede entenderse como sinónimo de gay  sino que se trata de resistirse a la tentación de reposar en una identidad y propone tener una conciencia crítica constante. Lo queerademás, está en contra del concepto de lo ‘gay’, en término amplio, como una sola cosa: un presunto mundo de hombres cis, normativos, con poder, blancos, de clase media y sin discapacidades y de grandes ciudades.

Por poner otro ejemplo en el mundo de la filosofía queer, la lucha por el matrimonio igualitario no se batalló desde lo queer porque era una batalla por una institución considerada desde esa óptica como excluyente por naturaleza y un intento para que todas las personas perteneciéramos a un mismo sistema. Incluso, P. B. Preciado, a este respecto llegaba a decir en una entrevista realizada por Jesús Carrillo, profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, que “desde el punto de vista de las políticas de inmigración, la demanda de legalización del matrimonio gay refuerza el matrimonio como condición de acceso a la ciudadanía. Del mismo modo, los programas institucionales de lucha contra la ‘violencia de género’ contribuyen a una naturalización de la relación entre violencia y masculinidad”.

En definitiva, creo que lo queer no puede intimidar a través de su lenguaje académico (no olvidemos que es una filosofía o una teoría) y convertir su lenguaje en un espacio excluyente pero lo que tampoco podemos hacer es sumar al acrónimo LGTBI ‘una letra, la Q’ que procura un mundo sin fronteras y de igualdad de derechos entre personas diferentes, abogando por que cada quien pueda ser quien es, tal y como es, sin etiquetas.