La formación es, sucintamente, el nivel de conocimientos que una persona u organización posee sobre una determinada materia. Partiendo de esta premisa, no salgo de mi asombro al ver cómo se están abordando determinadas políticas formativas dirigidas a combatir la LGTBIfobia en diferentes ámbitos y espacios.
Ese combate contra la intolerancia y en pro de la igualdad y la inclusión tiene que hacerse desde la base, es decir, en el mundo de las ideas, aunque sin olvidar en ningún momento que en todo momento estamos hablamos de personas.
Mi sorpresa radica en que no todas aquellas personas u organizaciones que dicen saber formar sobre diversidad sexo-genérica y familiar tienen «idea» de diversidad LGTBI ya que, de manera objetiva, carecen de conocimientos fundamentales sobre la realidad de las personas LGTBI y nuestras familias y, por ende, de nuestras necesidades, reclamos y propuestas.
Claramente, cuando abordamos una cuestión concreta sobre un tema, prácticamente todas las posturas son respetables. Y lo son prácticamente todas porque todas las personas tenemos – o debiéramos tener – el derecho a expresar y difundir, buscar, recibir y compartir información e ideas sin miedo ni injerencias ilegítimas. Esta afirmación que hago con absoluto convencimiento, creo que es esencial para nuestra educación, para desarrollarnos como personas, ayudar a nuestras comunidades, acceder a la justicia y disfrutar de todos y cada uno de los derechos fundamentales que aparecen en la Declaración Universal de los Humanos. Ahora bien, si vamos a proceder a formar, debemos hacerlo con rigurosidad. Complementaria y paralelamente, si nos vamos a formar, debemos hacerlo sabiendo en todo momento qué es opinión y qué es información.
Nuestra sociedad es (y se quiere) plural y discrepante por lo que cuando se procede a dar una formación, del tipo que sea, debemos establecer mecanismos inclusivos y articulados desde el conocimiento científico, la crítica racional, la experiencia vital y la observancia social más rigurosa. Desde mi punto de vista, llevamos no pocos años viendo nacer y crecer a organizaciones LGTBI cada vez más sectorializadas a base de ocurrencias oportunistas e intereses cortoplacistas cuyas acciones no impactan en lo que debieran ser sus objetivos asociativos pero sí hacen gala de su supuesta «expertise» para formar a otras.
Este hecho, a mi juicio, está banalizando el contenido de las formaciones que se imparten porque no es un contenido real, aunque sí parece fidedigno por la supuesta expertise de la organización impulsora de tales formaciones.
Tengamos en cuenta que sólo a través de la educación y el aprendizaje en el respeto y la igualdad conseguiremos construir una sociedad con una ciudadanía libre que disfrute de la diversidad y que resuelva cualquier tipo de conflicto sin recurrir a la violencia. Llegando a este punto, cabe preguntarse pues, a quién confiar una formación que – a excepción de algún máster en Estudios LGBTIQ+ como el que imparte la UCM – no cuenta con estudios reglados y, por consiguiente, con titulaciones oficiales.
¿Cómo sé qué personas u organizaciones cuentan con conocimientos suficientes como para formar?
Ser una persona LGTBI no capacita a nadie como persona con formación suficiente como para impartir una formación sobre realidades LGTBI. Sí, para narrar su propio testimonio y su vivencia. La mera pertenencia al colectivo LGTBI no forma, informa, ni capacita per se en la materia a las personas LGTBI pero tampoco a las organizaciones LGTBI.
Para que una organización y una persona puedan formarse no es suficiente con una necesaria una formación especializada sino que deben contar con una base fundamental actualizada y esa actualización pasa por estar al pie de calle, escuchando, apoyando, colaborando, acompañando, viendo – e incluso viviendo – la complejidad social de ser una persona LGTBI en una sociedad cis-heterosexual. Pero como la sociedad no sólo te atraviesa en lo sexo-afectivo, debemos sumar otras intersecciones identitarias que afectan al abordaje de la realidad LGTBI como la etnicidad, la capacidad, el género, la edad, la nacionalidad, la religión y otras. Y ello pasa por conocer no sólo las cuestiones identitarias que antes nombre, sino otras discriminaciones y violencias relativas a la condición de las personas como la aporofobia, el sinhoganismo, la apatridia, el clasismo o el trabajo sexual, entre otras.
- Si no sabemos que a ejercer la prostitución o el trabajo sexual (dejamos para otro artículo esta cuestión) se ven abocadas muchas personas LGTBI, especialmente mujeres trans y personas LGTBI migrantes, no se conoce la realidad LGTBI.
- Si desconocemos la realidad del VIH, que tanto afecta a la población de hombres gais, bisexuales y otros HSH, no se puede abordar de manera adecuada la realidad LGTBI.
- Si no tenemos conocimientos sobre la diversidad familiar y religiosa siendo una persona LGTBI, no se puede tener una óptica real del colectivo LGTBI.
- Si no estamos al corriente de cómo se construyen y gestionan los espacios y – con ellos – la construcción de las expresiones de género en deportes marcados por el capitalismo o la forma de relacionarse las personas mayores LGTBI, tampoco tendremos un conocimiento real del colectivo LGTBI.
- Y así, un largo etc.
Si bien nuestras sociedades avanzan cada vez más hacia la aceptación de la diversidad LGTBI, especialmente hacia los hombres gais, cisexuales, blancos, de mediana edad, sin discapacidad y con salarios más allá del mínimo interprofesional, existen aún muchas manifestaciones de violencia, intolerancia y discriminación.
Formar a otras personas y organizaciones de manera activa en inclusión y lucha contra la discriminación por motivo de diversidad sexo-génerica y familiar pasa porque las personas y entidades que forman a terceras demuestren inequívocamente su conocimiento en los contenidos a desarrollar a través de proyectos, acciones y memorias técnicas. Pero no sólo en cuestiones LGTBI sino que también deben contar con una buena capacidad de planificación, organización y gestión, así como destrezas en el manejo de los métodos, técnicas y recursos didácticos, un fuerte espíritu de análisis, capacidad para clasificar las ideas y estructurarlas y una más que buena expresión verbal y escrita.
Por supuesto, las cuestiones LGTBI deben ir parejas al ámbito en el que se vaya a realizar la formación: contar con conocimientos jurídicos si se va a abordar una ley, o dominar los procedimientos de la sanidad si se va a explicar el porqué de una instrucción sanitaria, o conocer cómo funciona un departamento de educación si se van a aplicar unas orientaciones educativas en una Comunidad Autónoma, y así un largo etcétera.
Con este artículo de opinión, no quiero decir que una persona LGTBI no pueda realizar talleres de sensibilización o acciones de concienciación sino que cuando hablamos de formar a terceras personas se debe contar con un conocimiento especializado sobre la materia a impartir.
Las personas y organizaciones LGTBI seguimos estando discriminadas, cuestionadas y sometidas a unas exigencias teóricas y prácticas que no pueden dejar lugar a duda que la formación que estamos impartiendo es correcta, objetiva y fruto de un proceso de enseñanza- aprendizaje que nos permite afirmar qué cuestiones son prejuicios, estereotipos o sesgos inconscientes en muchos ámbitos muy diversos y qué de lo que estamos contando es opinión o no está contrastado.
Muchas personas, empresas, profesionales y Administraciones Públicas no saben por dónde comenzar a diseñar e implantar planes formativos operativos y de calidad. Si necesitas que te eche una mano, ¡cuenta conmigo para construir algo fantástico!
He sido formador en empresas, Administraciones Públicas y otras organizaciones en multitud de formatos diferentes: charlas, talleres, conferencias, congresos, jornadas y cursos de muy diferente índole: técnicos, políticos, de sensibilización, teóricos, etc. y lo discutible en el ámbito LGTBI es siempre la oficialidad de los conocimientos porque es falaz pretender sacralizar una posición ideológica sobre determinadas cuestiones invocando un presunto conocimiento privilegiado sobre la realidad LGTBI por el mero hecho de ser LGTBI.